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Teresa, de 83 años, recuerda cómo sus padres levantaron La Rinconada de Tajo desde cero

Teresa camina por las calles de La Rinconada de Tajo, un pueblo extremeño donde el tiempo parece haberse detenido. Con 83 años, es una de las últimas testigos vivas de su fundación. Llegó allí con solo cinco años, hija de una de las 56 familias que, en los años 40, levantaron el asentamiento de la nada a orillas del río Tajo. El Instituto Nacional de Colonización compró cuatro fincas y las parceló entre los colonos: cuatro hectáreas de regadío y una de secano por familia. Las primeras viviendas eran precarias, conocidas como 'gangos', chozas de cañas y madera sin baño ni comodidades básicas. Los pioneros cultivaban algodón, maíz, cebada, trigo, pimientos y tomates, pero nada era gratis: ni las parcelas ni las viviendas, y el ganado inicial beneficiaba al Instituto. Aunque las condiciones eran duras, el relevo generacional ha transformado La Rinconada en lo que muchos llaman un paraíso. 'Vine aquí porque me casé con una nieta de un colono. Esto es un paraíso', dice un vecino. Teresa, aferrada a sus recuerdos, afirma: 'Abro la puerta y me encuentro tan a gusto que no puedo con más. Parece que veo a mis padres por todos lados'.