En la Edad Media y hasta buena parte del Renacimiento y el Barroco, muchas mujeres optaban por ingresar a conventos y monasterios, no siempre por vocación religiosa, sino también como una estrategia de supervivencia. La esperanza de vida dentro de estas instituciones era considerablemente mayor que la de las mujeres casadas, quienes frecuentemente enfrentaban riesgos mortales en los partos.
Los conventos funcionaban como centros de conservación y generación de conocimiento científico, artístico y literario. Estos lugares eran equivalentes a los grandes repositorios de información de la época, donde las monjas tenían acceso a estudios, literatura, música y artes plásticas. figuras como Herrada de Landsberg destacaron con aportaciones intelectuales relevantes, incluyendo la elaboración de enciclopedias para la formación de novicias.
Además de custodiar manuscritos, las monjas reflejaban y ampliaban el conocimiento mediante la copia y creación artística, siendo numerosas las artistas religiosas registradas. Por otro lado, las mujeres casadas podían recibir educación en artes como la pintura o la música si su familia disponía de recursos para contratar profesores especializados, aunque estas oportunidades eran menos sistemáticas.