Boris desmitifica la perfección en una conversación sincera: existe, pero exige un esfuerzo enorme. Se describe como 'perfectamente imperfecto', en referencia a Pedro Luis, y rechaza el patriotismo único al sentirse dual.
Habla de arrepentimientos pasados, sobre todo profesionales y algunos amoríos, lamentando trenes no tomados. Sin embargo, celebra haber encontrado al hombre de su vida tras experiencia acumulada.
Su pecado capital es la gula: come sin parar, incluso lo que no le gusta por presión social. Aunque sin educación religiosa formal, disfruta los cantos de misa de las monjas en el monasterio de Pelayo, en Santiago de Compostela, donde las emociones lo hacen llorar más que rezar.