El Festival de Eurovisión funciona como un instrumento de diplomacia cultural y marca de país, según análisis doctrinales. La entrada de Israel en 1973 se explica por su interés en homologarse con las democracias occidentales, un patrón visto en otros regímenes de los años 70.
Sin embargo, la actual participación de Israel genera controversia por las acusaciones de genocidio y su rol en la guerra de Oriente Medio. Esto cede espacio a un país criticado internacionalmente, lo que daña la credibilidad y reputación del festival.
Ausencias notables, como las de España y Países Bajos, no solo impactan en la economía del evento, sino también en las audiencias televisivas y la percepción global de Eurovisión.