Don Rafael no puede ocultar su admiración por la pequeña Leonor, que recorre el camino con una curiosidad infantil que ilumina la escena. La niña, aún en su etapa de niñez pura, pronto se convertirá en una muchacha capaz de transitar con soltura por las calles, aunque su acompañante prefiere que mantenga ese tamaño por más tiempo.
La despedida se produce con calidez: la madre agradece la confianza depositada en Leonor, quien se encargará de su cuidado en palacio. Entre las instrucciones clave, destaca no dejarla dormir en exceso durante el día para evitar problemas nocturnos, y se menciona la inminente visita del tío Bárbara.
Marte, presente en el intercambio, tranquiliza a todos recordando que la prioridad absoluta es la niña. Asegura que cualquier imprevisto será comunicado de inmediato, aunque confía en que no surgirá nada, y las mujeres parten con optimismo.