En una animada conversación, varios participantes desvelan sus aversiones olfativas más intensas. El olor a mandarina emerge como el gran culpable: uno confiesa que le provoca ganas de vomitar al punto de bajarse de un taxi tras detectarlo en el conductor.
No se quedan atrás los nísperos ni otros frutos, pero el foco recae en experiencias cotidianas como el sudor adolescente en las aulas. "Entras y todos los profesores abren la ventana", relata una voz, describiendo el hedor de niños de 13 años recién llegados del patio, jugando a fútbol.
Sofía menciona el calcetín sudado de su hermano y el olor a "persona sudada, no ventilado". Se reflexiona sobre cómo los malos olores propios, como la caca o el sudor personal, afectan menos, e incluso la de los hijos pasa desapercibida hasta cierta edad.
Estas confesiones pintan un retrato vívido de disgustos que marcan rutinas diarias, desde comedores escolares hasta trayectos urbanos.