La policía torturaba a inocentes para obtener confesiones en los años 20
A principios de los años veinte la policía carecía de métodos científicos para resolver casos y dependía principalmente de confesiones obtenidas por la fuerza. Esta práctica conocida como tercer grado permitía a los agentes utilizar cualquier medio necesario, incluida la mutilación, para lograr una declaración. Muchas de las personas sometidas a torturas eran inocentes y confesaban únicamente para poner fin al sufrimiento. La aceptación social de estos procedimientos reflejaba la ausencia de controles y estándares éticos en la investigación policial de la época.