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Martina insta a aferrarse a la esperanza pese al riesgo de ceguera permanente

Martina mantiene una conversación cruda pero esperanzadora con un amigo que ha recibido un pronóstico sombrío de los doctores: altas probabilidades de no recuperar la vista. 'Realismo sin ilusiones', le dice, urgiéndole a aceptar lo inevitable mientras se agarra a cualquier rastro de esperanza con uñas y dientes. Propone adaptar las antiguas rutinas a esta nueva realidad, levantarse de la cama y retomar la vida normal con ayuda, como llamar a un lacayo para prepararse.